CARTA PARA EL MES DE DICIEMBRE

P. Ricardo Pinilla
06/12/2017

Queridos hermanos, religiosos y laicos de la familia pavoniana:

Escribo esta carta desde Filipinas, donde me encuentro visitando nuestra comunidad de Antipolo. ¡Qué alegría ver tantos jóvenes seminaristas y religiosos, ver tanta actividad y tanta pavonianidad en tierras asiáticas!. He podido participar a la ordenación sacerdotal de nuestro p. Marcos Dias de Sales y escuchar los ecos alegres y entusiastas de la ordenación de nuestro p. Roberto celebrada el día 23 en su ciudad natal. Demos gracias a Dios por estos dos nuevos sacerdotes pavonianos y pidamos que su ministerio sea puesto al servicio de los niños, adolescentes y jóvenes más necesitados como hizo San Ludovico Pavoni. Demos gracias a Dios junto a los hermanos y laicos de esta comunidad que han celebrado los diez años de presencia en Filipinas y por los excelentes frutos obtenidos.

El mes de diciembre es un mes muy rico en celebraciones que ocuparán nuestro tiempo y nuestras reflexiones.

-          Tiempo de adviento. Este tiempo litúrgico nos llama a tener una actitud de espera activa, de esperanza en el Dios que hace todas las cosas nuevas. Es tiempo de conversión, de allanar los caminos de nuestro corazón para hacer visible a un Dios compañero de camino del hombre con amor y misericordia;

-          Fiesta de la Inmaculada concepción. Es nuestra fiesta, la fiesta de nuestra familia. Ese día algunos hermanos renovarán su profesión por un año más, otros haremos la renovación devocional y algunos laicos renovarán sus promesas como asociados o agregados. Todos miraremos a María y descubriremos en ella, una vez más, el modelo para responder y seguir a Cristo con el corazón de San Ludovico Pavoni. Con motivo de esta fiesta, nos reuniremos en todas las partes del mundo, hombres y mujeres, niños y jóvenes que conocemos y queremos vivir la espiritualidad y el carisma transmitido por este gran Santo. Es un motivo para dar gracias a Dios, por el bien que San Ludovico Pavoni sigue haciendo en el mundo a través de la vida de sus hijos e hijas.

-          Encarnación del Hijo de Dios – Navidad. Son fiestas entrañables, familiares de amistad y buenos deseos. Todo nos hace mirar y adorar a un Dios que, apostando definitivamente por el hombre, se hace uno de nosotros para salvarnos. Dios no abandona a la humanidad. Es una fiesta que debe recordarnos que nuestra fe, debe ser encarnada, debe llevarnos a trabajar por la dignidad y la vida de tantos necesitados, que necesitan experimentar en la oscuridad de su vida, la luz de un Dios que es amor y que prefiere a los pequeños, a los sencillos y a los pobres. Dios cuenta con nuestra familia para hacerse presente en el mundo de hoy. Ojala nuestra familia se convierta en Belén para nuestro mundo;

-          Fin de un año y comienzo de otro. Es tiempo de evaluación del año que termina. Tiempo de mirarnos a nosotros mismos y a nuestra familia y agradecer a Dios la oportunidad que nos ha dado de gastar la vida por los más necesitados, por el amor y servicio que hemos sembrado, por la alegría y esperanza que hemos transmitido, por la luz que hemos desplegado en medio de tanta oscuridad. Es tiempo de reconocer y pedir perdón a Dios y entre nosotros por todo lo que hemos dejado de hacer, por el tiempo desperdiciado, por las veces que hemos sembrado discordia, pesimismo, desánimo en los demás, por las veces que no hemos sido de ayuda para los hermanos, para los pobres y necesitados, por las veces que los dones y gracias recibidos los hemos guardado para nosotros mismos. Es tiempo de mirar para adelante con esperanza, para hacer proyectos nuevos, para mirar la vida con alegría y optimismo que nacen de la experiencia de un Dios con nosotros que es providencia, amor y misericordia. Es tiempo de celebrar la vida, la posibilidad que Dios nos da de seguir soñando y creyendo en un mundo más humano, más fraterno y más solidario, donde el diálogo, la concordia y el amor sean elementos fundamentales.

 

Quisiera comenzar este mes una serie de reflexiones e indicaciones prácticas sobre nuestra vida comunitaria, o mejor sobre nuestra comunión de vida en  fraternidad. Seguimos leyendo nuestro documento capitular en el n. 41.4.1, que nos exhorta a:

Poner en marcha inmediatamente, y con una amplia implicación de los religiosos y de los laicos colaboradores, un proceso de discernimiento en vista de una reconversión-reorganización de las actividades, en base a los siguientes criterios: densidad carismática, calidad de la vida comunitaria, sostenibilidad de recursos humanos y económicos, definiendo tiempos reales y momentos de revisión.

Sabemos que la vida fraterna en comunidad es un elemento esencial de la vocación pavoniana. Nuestro fundador en las CP n. 304 dice: “La unión fraterna ... ha de ser el dulce vínculo que liga el corazón de todos en unidad con el de Jesucristo, de suerte que cada uno ... ha de unirse de corazón a los compañeros con los que tenga que convivir ... y debe encontrar en ellos a sus hermanos, y ellos un hermano en él”.

Queremos que nuestras comunidades sean más familia que institución, esto depende de nosotros que somos los que día a día vamos construyendo nuestras comunidades. Para esto debemos recordar y poner en práctica los valores que aprendimos en nuestra familia de origen. En nuestra familia aprendimos a:

a)      Aceptar y querer a todos los miembros a pesar de sus fallos y limitaciones. El sentido de pertenencia a la misma familia nos ha ayudado a entretejer lazos de verdadera unión y comunión. El respeto, la alegría por el éxito de los miembros de la familia y la preocupación por los problemas de alguno de sus miembros, han sido siempre actitudes comunes;

b)      Aceptar nuestro puesto y responsabilidad en la familia. No todo nos ha sido dado como sujetos pasivos, sino que siendo sujetos activos hemos ido construyendo lazos familiares. A veces en nuestras comunidades pretendemos que todo se nos de hecho y que seamos servidos como señores, creyendo tener solo derechos y nunca deberes;

c)      Asumir las tareas cotidianas encomendadas para el buen funcionamiento de la vida diaria;

d)      Tener una actitud de servicio por amor a la familia;

e)      A trabajar para mantenernos y colaborar en el mantenimiento de nuestra familia. Debemos recuperar en nuestras comunidades el trabajo manual, la manutención, limpieza y cuidado de la casa, de los ambientes y jardines externos…todo lo que podamos hacer nosotros no tenemos porque pagar para que nos lo hagan;

f)       A no gastar más de lo debido para no poner en apuros la economía familiar. A vivir con arreglo a las posibilidades de nuestra familia y a no pretender cosas que se salían de lo necesario;

g)      Tener como valores fundamentales la honradez, el esfuerzo, la generosidad, la disponibilidad, el trabajo y el compartir todo sin reservarnos nada para nosotros mismos;

h)      A festejar y vivir la alegría del encuentro cuando la familia con el tiempo se iba disgregando y a aceptar con entusiasmo la agregación de nuevos miembros que iban vitalizando la vida familiar;

i)        A poner a Dios en el centro de la vida, a participar activamente en la vida de la parroquia y quizá, en muchos casos, la familia fue el ambiente donde nació la vocación.

Cada uno de nosotros podríamos añadir muchos puntos más fruto de nuestra experiencia familiar, sirvan estos, para desde ellos revitalizar el espíritu de familia en nuestras comunidades y núcleos de familia pavoniana.

Creo que son aspectos en los que los laicos pueden ayudar mucho a los religiosos con su ejemplo de vida y desde la realidad de un ambiente familiar acuciado a veces por problemas y situaciones que los religiosos no percibimos o por lo menos no nos sentimos afectados.

 

Agenda del mes

3: Comienzo del tiempo de adviento para el rito Romano;

8: Fiesta de la Inmaculada Concepción;

10: Regreso de la visita fraterna a la comunidad de Antipolo en Filipinas;

 

Pongo el camino de nuestra familia bajo la protección de la Virgen Inmaculada nuestra querida Madre y de nuestro Santo fundador Ludovico Pavoni.

Un abrazo fraterno y siempre agradecido

 

                                                                             Ricardo Pinilla Collantes

Antipolo, 1 de diciembre de 2017

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